
Apenas Rubén entró al servicentro, Joaquina comenzó a ponerse nerviosa, su café se desparramó por el piso, su mirada quedó fija. Ella reconoció a su ex en el momento que lo vio, sobre todo por esa chaqueta negra que le compró para uno de sus cumpleaños, y ese perfume rancio que siempre le cargó, junto con el peinado hacia atrás que lo caracterizaba, la cadena de oro que le daba una pinta de gitano y la camisa roja que nunca le combinó. Apenas Joaquina lo vio entrar sintió una sensación de acides en su pecho y garganta, un sabor desagradable en su lengua y un poco de paranoia que la hizo pensar si serviría arrancar. Pero mientras limpiaba el café comprendió que no sería necesario, y por el contrario, le bastó con estar convenientemente en el suelo, sin que él se diera cuenta, puteándolo entre sus dientes. ¡Imbécil ¡Cobarde! Hasta que Rubén la escuchó, se dio vuelta a mirarla, y Joaquina desapareció. Salió por la entrada del local corriendo, se sintió vencida por el momento, con la acides intoxicando su cuerpo, provocando que unos metros más allá vomitara todo su café, al frente de un bombero, mientras que las personas arriba de sus autos se preguntaban qué tan bueno será lo que venden en el local.
2 comentarios:
El escritor autobiográfico del lenguaje cool Jajaja- Ya escuchaste a Bizama, cuidado con lo luser.
solo queria un final feliz!!!!!!!!!!!!!!
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